lunes, 8 de enero de 2018

La Histeria desde el Narcisismo



                                                                                                    Alicia Leisse de Lustgarten

Comenzar a pensar en la histeria como una neurosis de pleno derecho es hoy por hoy una posición. En Julio de 1995, asistí a un panel en el que se consideraba la histeria 100 años después de las concepciones originales freudianas. Chasseguet-Smirguel, en una reflexión cuestionadora, se preguntaba si la histeria como tal existe en la actualidad y si puede ser explicada por la teoría sexual. Es frecuente escuchar que las pacientes que Freud atendía por el año 1895 no eran en realidad histéricas, entendiendo su patología desde diversas perspectivas alejadas de la neurosis. Muchos han sido los estudios que se han hecho sobre la histeria. Ha sido entendida como un desorden disociativo, como patología borderline, como defensa contra un estado psicótico. En la revisión que hice del DSM3-R,  la neurosis histérica queda registrada como un trastorno disociativo, reuniendo bajo esa denominación nomenclaturas tan disímiles como personalidad múltiple, fuga psicógena, amnesia psicógena, trastornos por despersonalización... 

En otro orden de ideas se la ha enfocado como una estructura inconsciente, distanciándola de este modo de la escena de la fenomenología. No voy a detenerme en una polémica diagnóstica, ni tan siquiera polarizarme en una disertación epistemológica sobre si hablamos de estructura o síntoma. Quiero partir de la histeria en tanta neurosis que supone un yo suficientemente integrado, capaz de diferenciación entre un sujeto y otro, que mantiene relaciones de objeto, con una conflictiva situada en la dinámica propia del Complejo de Edipo.  No  hay duda,  que  diferentes   patologías  pudieran imbricarse en una histeria y afectar a un yo vulnerable que, aún con fallas en su constitución, se ordena como una estructura neurótica. Es cierto también, que un compromiso disociativo mayor puede incidir en que una organización neurótica se altere más fácilmente. La histeria es una neurosis. No es una neurosis narcisística, pero bien puede afirmarse que está muy tomada por el narcisismo. Es esta la perspectiva que he elegido, el escenario narcisístico de la histeria en la idea de aproximarnos a su organización psíquica temprana. Si bien el peso del conflicto recae en las vicisitudes de los complejos afectivos edípicos, en el encuentro del sujeto con su deseo intervendrá con fuerza la vertiente del amor y más específicamente del amor a sí mismo.

Fairbairn (1953), utiliza una metáfora a partir de la tragedia de Edipo, afirmando que considerar solamente el final del drama, que entiendo como la consumación del incesto y el cumplimiento de la castración, es ignorar el principio. Acota el autor, que todo drama es una unidad, señalando que Edipo estuvo privado de los primeros cuidados maternos cuando Layo, su padre, lo mandó a matar para escapar de la maldición proferida por Pélope de que moriría a mano de su propio hijo. 

Recapitulando algunas ideas básicas, entiendo el narcisismo como la estructura que sostiene la puesta en marcha del psiquismo humano, concepto  en el que me separo del enfoque del narcisismo como patología clínica, por las ideas que quiero considerar. En un trabajo anterior (1990), apuntaba que la  constitución   del   sujeto   parte de  otro.  El yo se va articulando sobre la imagen de un otro por la cualidad significante que le es atribuida”. Juega, por lo tanto,  un papel central y como destaca Torres (1992),...”marca un tipo de relación que será un eje para siempre, que ni se supera, ni se desmantela, sino que deja efectos”.

En los comienzos de la vida psíquica prevalece el orden de la necesidad, de la supervivencia. Es la formación del sí mismo, del reconocimiento progresivo del otro, de la autoestima y de la valoración. Todo ello en el modelaje que ofrece la imagen de la madre a partir de la cual se construye la imagen propia. Los autores que han investigado este período de la vida destacan, de una u otra manera, la gesta narcisística que hace que un ser humano se constituya como tal. En la clínica son cada vez más los pacientes que presentan  quejas sobre el amor, estados de insatisfacción, vivencias de vacío, depresión y angustia, y a quienes les resulta muy penoso trabajar sus conflictos, sintiéndose avergonzados, juzgados o privados de amor. De esta manera, el análisis, que lucía indicado, ofrece inesperadas complicaciones. Es la puesta en escena de la histeria arropada de la cualidad narcisística. Desde la mirada y desde la palabra pretende reivindicar el lugar del amor. Hay una falla en la relación con el otro, una imagen insuficiente que le dará un tinte particular al deseo en la pretensión de suplir otros pedidos. 

La histeria se mueve en la escena edípica y allí el deseo dirigido al objeto queda intervenido por la preocupación central de satisfacer el deseo del otro en la idea de resolver su falla de amor. Kristeva (1992), señala que la histeria se diferencia de otras estructuras por su habilidad para mantener ambos planos, no hay desorganización cognitiva profunda pero a costa de los compromisos sintomáticos variados. Desde la perspectiva que plantea la autora, quisiera considerar otras ideas. En 1937, en su trabajo “Análisis terminable e interminable”, Freud  apunta a la castración como la roca de base que limita el análisis. La castración no se resuelve a no ser por la vía de la aceptación. Pues bien, algo similar ocurre con el narcisismo en tanto eje que engrana la vida mental del sujeto. Una organización psíquica  inicial bien articulada no está exenta de fallas. Ninguna estructura se arma a la perfección. Es lo que llamo falla narcisística diferente de la falta edípica que refiere a la renuncia de los objetos incestuosos. Las vivencias edipicas producen efectos de grávidas consecuencias, pero un sujeto suficientemente integrado, con claras delimitaciones yoícas, y un sí mismo valorado posee la infraestructura suficiente para enfrentarlo. Las vicisitudes por las que atraviesa el sujeto separado del complemento materno marcan con mayor o menor intensidad la falla narcisística. Lacan la define como la falla abierta que buscará colmar el deseo. Se traduce en una búsqueda incesante de ese otro para llenar la falta. Dentro de este registro toda decepción es experimentada como fisuras en la experiencia oral temprana a nivel de la respuesta sensualizadora, de la calidad amorosa, del suficiente erotismo de la superficie corporal. El cuerpo en la histeria ocupará un lugar preponderante como vía de expresión de fantasías aún sin llegar a las grandes conversiones de principios de siglo y como escenario privilegiado para la valoración fálica en la búsqueda de mostrarse y ser vista. Es una vía abierta a lo que otros aporten. Superar la decepción amorosa puramente narcisista, que la otra persona no es uno mismo, es parte de lo que significa el amor más allá del narcisismo. Aceptar una imagen incompleta es renunciar a buscar en el otro nuestra propia imagen.

Los aspectos infantiles y regresivos de la histeria muestran los efectos que ha dejado la relación con el pecho. La oralidad exacerbada en la histeria es la expresión de conflictos pre genitales con la madre de quien se espera satisfacciones totales. Freud (1933), subrayó la profunda significación de este vínculo, a pesar de la evidente oscuridad que marcó su comprensión psicoanalítica de la mujer. Destacó la ligazón libidinal y agresiva que hasta entonces había reservado para vivencias más tardías y las relacionó con la prehistoria del complejo de Edipo. Estableció, igualmente, un nexo entre esta conflictiva y la secuela que dejaría para la posterior relación con el padre y para la futura elección de pareja. 

Muy cercana a las afirmaciones de Freud, Mc Brunswick (1940), subraya la relación del niño con su madre como el fundamento de su vida psíquica y la consecuente significación que comportará abandonar con éxito el primer objeto amoroso. La incidencia de la experiencia relacional temprana en la forma de vínculo adulto queda más que probada en la clínica y ello puede apreciarse en pacientes claramente neuróticos.

El siguiente material clínico muestra a una paciente en un vínculo particular con la madre que la compromete seriamente en su crecimiento en diversos planos amoroso, profesional, sexual. Rita se analiza conmigo hace 3 años. Su apariencia es  la de una joven desenvuelta, algo aniñada. Con 20 kilos de sobrepeso, aspecto éste significativo por la connotación de erotismo oral, exhibicionismo y defensa contra toda posible aproximación genital, recurre a ropas neutras para esconder sus rasgos femeninos. Desde que la vi, plantea la preocupación central de quererse mantener como una niña cuidada por otros en contraposición con su anhelo, también muy intenso, de convertirse en una mujer con vida sexual, contraposición que marca el conflicto entre uno y otro camino en un tipo de discurso que se repetirá a lo largo del trabajo analítico: estar bien y estar mal, querer y no querer, moverse y no moverse, sufrir y no sufrir. Las fantasías recogen una suerte de amalgama donde los padres son incluidos como necesarios y eróticos. Cada uno de los dos personajes ocupa sus pensamientos en forma recurrente, la familia que tuvo, la que le hubiera gustado tener, los hermanos protectores, el padre espiado en su cuarto, la madre observada con sus novios. La recurrencia es precipitada por la muerte de ambos progenitores, el padre cuando tiene 6 años. Le explicaron que se fue al cielo, se tapó todo y no se volvió a hablar del asunto. Hoy en día destaca los mayores recuerdos en vida de su padre y la falta de los mismos después de su muerte. Rita es la menor de 7 hermanos, su embarazo resultó un acontecimiento totalmente inesperado para la madre. Desde muy pequeña se apegó a ella, quejándose de que no le prestaba demasiada atención. La paciente afirma que ella era la que se preocupaba por la casa, molestándose porque su madre no era de la misma manera. Vivía pendiente de sus estados de ánimo y de sus novios. La relación de mucho sufrimiento que tuvo con uno de ellos durante largos años fue un verdadero problema para Rita. Afirmaba que el novio era el centro de la vida de su madre, quejándose de que cuando aquel venía no se podía ni usar el teléfono. Se deprimía o se alegraba si él aparecía o no, objetando que dejaban todo sucio de botellas y platos. 

Comenta que una vez, tendría unos 14 años, los sorprendió besándose, se fue al cuarto y se echó a llorar. Cuando esa relación finalizó, Rita comenzaba muy entusiasmada a salir con un muchacho, pero su madre insistió en que viajaran juntas porque estaba muy abatida. A los pocos días tuvieron que regresar de emergencia porque la madre se sentía muy mal. Ya hospitalizada tuvo una hemorragia cerebral y se murió. Fue un golpe que la dejó en serias dificultades. Interrumpió sus estudios, abandonó el tratamiento psicoterapéutico que había iniciado  y se trasladó al exterior donde vivían sus hermanos. Engordó mucho y desarrolló un intenso miedo a abordar situaciones de su vida cotidiana. No había elaborado el duelo por la muerte de su padre y la falta de la madre vino a significar una pérdida anunciada por cuanto le daba realidad a sus fantasías de rabia y culpa, efecto de la relación marcadamente dependiente que había desarrollado con su madre. Después de unos años culminó sus estudios pero mantuvo trabajos siempre ajenos a su profesión. Todo lo que comporte un compromiso cercano lo eludía, pasando mucho tiempo hasta que pudo iniciar su vida sexual que, aunque la disfruta, es bastante restringida. Tiene clara idea de su aniñamiento pero sintoniza particularmente con ello porque alimenta la fantasía de ser una “niña protegida”. Responde a la fantasía de que así tiene a su madre. Un sueño que puede ilustrar esto muestra como su deseo en relación al encuentro con un hombre en un plano manifiesto es prohibido por la palabra materna, pero en realidad encubre su profunda relación con ella. Dice: “Soñé con mi mamá, yo a veces sueño que está viva, estaban Julio, Susy y Alejandra. Mi hermana Susy le dijo que él era casado. Mi mamá empezó a gritarme. Yo estaba en bata y él abajo, no me dejaban bajar y se lo dijeron a mis amigas del trabajo. Yo me eché a llorar y le dije a Susy: “Gracias por habérselo dicho así”. Y ahí se acabó el sueño gracias a Dios. La paciente sigue diciendo: “A veces no me importa mucho una relación así, pero a nivel moral me parece que está mal. Nunca me habían llamado la atención los hombres casados (ahora sale con dos). Cuando mi mamá o mis hermanas me regañan me siento mal por eso. No es que me pese asíiii muuucho, pero no me puedo caer a coba que no me importa”. Le digo a Rita que yo la escucho en su sueño de otra manera. Me llamó la atención su frase: “Gracias a Dios que fue un sueño”, y el darle gracias a su hermana por “haberlo dicho”, parece mostrarla manteniéndose dentro del mundo de su madre, es así como su vida actual no varía mucho de cómo era su vida cuando aquella vivía, como si detrás de la prohibición estuviera el deseo de que no variara. La paciente insiste en algo que otras veces me ha dicho, se siente muy diferente a sus amigas, “yo me quedaba con mi mamá y en una época en que me llamaban mis amigas les mandaba a decir con ella que no estaba. Yo veía la sexualidad en las demás, no en mí. Es cierto que estaba muy excitada desde chiquita y me masturbaba todo el tiempo en la cama de mi abuela cuando a ella la bajaban, pero si mis amigas contaban de sus novios les decía “que  rico”, pero no me sentía mujer, más bien un poco asexual. A veces lloraba con mi mamá, que mis amigas tenían novio y que Susy también, ella me decía que no fuera boba, me hacía cariños en el pelo y yo me quedaba tranquila” (es de hacer notar que en todas las sesiones ella se toca el pelo con movimientos cuidadosamente iguales). “Mi mamá por un lado  me  dejaba  salir pero  por otro  estaba  vigilándome,  pendiente de mí cuando no lo estaba de su novio”.  El relato de la paciente es característico. Rita parece vivir inmersa en los recuerdos de la vida con su madre hasta el punto de que es una verdadera batalla cualquier paso que da en función de lo que ella elige y que emprende por la satisfacción que le depara rescatar una vida propia fuera del cerco materno. 

Rosolato (1962),  muestra al histérico aspirando a la unidad totalizante. Destaca la paradoja que supone la búsqueda del retorno a la unidad con la madre por cuanto ese anhelo supone la angustia de fragmentación o de abandono. El drama ocurre al pretender una unidad en la que el sujeto se pierde. Se trata de un espejismo que de ser cumplido supondría la psicosis o la muerte. Se pone en juego lo que el autor llama la idealización histérica cada vez que se asoma la unidad porque se cumpliría la fantasía de ser definido como un sí mismo total. Todo límite es una fuente de sufrimiento al interpretarlo como aquello que impide la unidad y se constituirá en un precursor de la castración fálica porque, a sabiendas de que ésta es un símbolo específico para lo que ocurre a los genitales en la vertiente del deseo sexual, tienen en común que en ninguno de los dos planos, narcisístico o edípico, el sujeto puede acceder a la completud. La teoría lacaniana destaca que el nombre del padre explicita la castración de la madre al enunciar que el niño no es su falo. El significante completud marca un punto de encuentro entre la diferenciación de un sujeto y otro, la pérdida de la exclusividad y la castración.

La mayoría de los autores psicoanalíticos que han estudiado la histeria coinciden en señalar el carácter oral que comporta esta neurosis. Son conflictos orales que tienen que ver con una imagen insuficiente por la ruptura de la supuesta completud. La autoestima, con frecuencia muy disminuida, responde a un problema siempre de amor, de no respuesta frente a pedidos desproporcionados y la frustración que siente el objeto puede entenderse en función de la magnitud de las exigencias que formulan. Distintos enfoques apuntan que el amor adulto pretende recuperar aquel estado. Grunberger (1958), hace una acotación interesante cuando señala que la libido oral no busca el placer sino el objeto y, como consideraré más adelante, la histérica desconoce su deseo en el afán de ser deseada por otro, pretendiendo recuperar el objeto que en tanto se hace presente, ya no es más el objeto buscado para volver al punto de partida de una nueva búsqueda. Ese otro debe reparar la herida de la separación narcisística. Se trata de la aspiración sensual que desautoriza la sexualidad y advierte la falización del cuerpo no genital y  la desfalización del cuerpo genital. El dolor de la insatisfacción según palabras de Nasio (1993), bordea la hiancia psicótica de la melancolía. El sufrimiento ocurre por quedar detenido en ser el objeto deseado de ese otro objeto de sus fantasías inconscientes. Lo que veíamos en Rita recoge claramente esa suerte de petrificación en la demanda cuando lo constante de sus vínculos es ese pedido, no sólo de amor, sino de protección y cuidados que tan claramente refieren a la madre. Una respuesta llamativa de Rita es que cuando las amigas se casan, por cercana que haya sido la relación, se aparta, afirmando sentir mucha rabia por lo que ellas consiguen lo que, sin embargo, descalifica en tanto sigue privilegiando el vínculo con la madre. 

La histeria es una historia de amor. La cualidad narcisística de la histeria revela el compromiso con el amor que se hará presente en su discurso.  Ser o no amada, ser o no única, ser o no escogida serán cuestiones que siempre ocuparán su atención y si lo que consideramos es un problema con la respuesta en términos del deseo, nos quedamos con una sola cara del problema, permaneciendo oculto ese otro  pedido, el pedido sin fin. 

Laura llego a mi consulta cargada de pedidos. Le iba mal en los estudios, tenía miedo a los exámenes, se distraía fácilmente, se deprimía, no sabía si valía o no la pena lo que hacía...Y quería ver si yo podía hacer algo con todo lo que le sucedía. En su discurso la palabra valor aparecía con frecuencia. Siempre fue buena alumna, las madres de otras niñas la ponían de ejemplo. Estudiaba una carrera humanística muy cercana a la profesión de ambos padres y al llegar al tercer año comenzó a tener dificultades. Perdió una materia lo que vivió como un gran fracaso. Un tiempo antes la madre le había propuesto una cirugía plástica para arreglarse la cara y a ella le pareció bien. No tuvo mayores ocurrencias al respecto y pasó por alto que a raíz de esa operación su rendimiento empezó a desmejorar. Preocupada por agradar a sus profesores, algunos de ellos muy conocidos en su medio familiar, no quería decepcionar a nadie. A la par que admiraba a sus padres, tenía una postura  calladamente cuestionadora. A la edad de 12 años fue con su familia a vivir en el extranjero, en donde se acentuó el temor a como iba a ser vista. También tenía fantasías de muerte hasta el punto que la madre debía calmarla constantemente. Laura comenzó su tratamiento. Los padres tenían cierto recelo y pedían ayuda en función del problema con los estudios. Su respuesta fue inmediata. Asociaba, estaba interesada y se relacionaba conmigo con un vínculo de mucho afecto, siempre dispuesta al trabajo analítico. Las dificultades reaparecieron cuando sus padres se fueron al exterior, coincidiendo con su último año en la universidad. El pedido de afecto, la espera de respuestas, las llamadas telefónicas fueron cada vez más insistentes. Parecía no ser suficiente lo que podía darle. Pude entender que quería que ocupara el lugar de la madre, desplegando el mismo tipo de relación, la búsqueda activa de que hiciera cosas por ella, lo que repetía con colegas cercanos a su círculo familiar y con los propios parientes con quienes vivía. Me hacía comentarios de lo que decían que yo debía hacer. Alguno de ellos llegó incluso a llamarme. Era evidente que me sentía exigida e incómoda,  pero pude mantenerme trabajando  mostrándole su disgusto y su espera de que era a través de mí que ella creía que podría funcionar. Las dificultades aumentaron con la cercanía de la fecha de los exámenes. 

Temores y dudas copaban las sesiones. Amigos, novio, fantasías sexuales, todo empezó a ceder a lo que ella esperaba de mí en tanto me había convertido en ese objeto desplazado hacia el que dirigía sus pedidos. Era una historia de amor pero, ¿con quién? ¿Por qué? Su postración progresiva ¿a qué obedecía?. Laura dormía mal, no quería comer. Se hizo más perentorio su pedido de que actuara como esa madre aseguradora de visos incondicionales que franqueaba obstáculos, violentaba normas y pedía tratos especiales en los períodos que Laura hacía crisis. Intentaba darle un sentido distinto a sus pedidos, sacarla de su advertencia “si no eres lo que yo quiero me enfermo”. Logró movilizar a familiares, médicos y amigos. Finalmente la madre, alarmada por lo que ocurría, vino del exterior, logrando rápidamente revertir la situación. Yo me convertía en un objeto condicional y por lo tanto inadecuado. Desmontar las angustias, conocer el dolor, digerir la privación y la pérdida no eran para ella. Una vez más la madre estableció su orden,  intervino en sus estudios de manera tal que la hija no tuviera ningún problema  y  se  la  llevó. La  respuesta angustiosa  de  Laura cedía repentinamente, ya estaba bien otra vez, era la misma de siempre. La conducta regresiva respondía en buena medida a que yo no satisfacía en la transferencia la respuesta actuada de la madre que, lejos de enseñarla a enfrentar la vida, le daba una visión distorsionada. Perrier (1984), afirma que el paciente organiza en la cura una reproducción del campo narcisista con el tipo de sordera que le es propio. Yo estaba clara que Laura repetía en el análisis la misma situación de peligro que en su inconsciente le provocaba angustia y mantener cierta línea de trabajo pretendía hacerla presente para así tramitarla, al decir de Nasio (1993), para atravesar la angustia. Actualizaba en la transferencia la búsqueda de un objeto de amor que le diera una respuesta más allá de lo establecido, de los límites acordados, a mi modo de ver, violentando la ley paterna en la ilusión de ganar a la madre para sí. Kristeva (1992), señala que el analista histeriza la transferencia cuando se identifica con el paciente hasta llegar a compartir su angustia. Llegué a dudar de mi trabajo con Laura y a plantearme si no debería haber respondido, al menos, a algunos de sus pedidos. Pasó algún tiempo, tuve dos noticias de ella. Vino a invitarme a su graduación lograda no sin las muletas de la madre. Unos meses después recibí una carta que me enviaba desde el exterior en la que me pedía una constancia de su análisis, credencial que podía avalarla para un curso que iniciaba. 

La historia de amor característica de la histeria no se circunscribe a la historia de amor con un hombre, ni al escenario genital de donde parte el conflicto. En el caso de Laura el acceso a su definición de mujer separada de la madre hace crisis al acceder a un orden diferente al espacio materno. El hecho de que para la niña se trate de un objeto del mismo sexo y que tenga que cambiar su elección, forma parte del vínculo complejo que comporta el pedido de exclusividad, la consecución de un supuesto ideal femenino, sin dejar fuera lo que corresponde al deseo erótico que también se dirige a la madre y que reordenará en la resolución del Edipo.

La histeria es una neurosis y como tal no tiene sexo. Sin embargo, se la describe más como femenina. La cultura juega aquí un papel importante en tanto el inconsciente es significado por la ley y la ley la promulgan los hombres genéricamente hablando. El amor, en términos quizá algo simplistas, referiría a un problema más cercano a la mujer mientras que el cumplimiento de la exigencia como algo que atañe más al hombre. Las pacientes histéricas reproducen en la cura los problemas que tienen con el amor. Demandando afecto, esperando un trato especial, rivalizando con otros pacientes recrean escenas variadas que llegan a obstaculizar otros discursos. Nasio (1993), define histerizar como la erotización de una expresión humana aunque no sea de naturaleza sexual, afirmando que el histérico tiene todo un simulacro de sexualidad siendo como es un creador notable de signos sexuales. La necesidad de ser amado pertenece al orden de lo narcisístico, la demanda de amor se vuelve central y las figuras edipicas son buscadas para cumplir ese pedido. Esto no excluye ni la identificación ni el ejercicio sexual. Sin embargo, resultan afectadas. La identificación porque más que poderse identificar con el objeto, lo hace con una parte de éste, es decir, con su deseo. Se identifica con el deseo del otro  para a  su vez ser deseado. Esta búsqueda puede afectar el deseo sexual de diversas maneras, pero la queja sexual no ocupa el lugar principal, su queja es con el amor. La sexualidad, de esta manera, carga con un adicional de mantener la autoestima del sujeto. Los deseos son insaciables porque se dirigen a un alguien que pudiera representar al objeto original y a la postre nunca será resarcida  de la herida de amor. No sin razón la histeria ha sido llamada la más primaria de las neurosis. Si bien la mayoría de los autores señalan la capacidad para preservar relaciones objetales discriminadas y completas, el problema de una relación insuficiente con el otro se advierte en que la persona resulta utilizada para que lo sostenga y para salvaguardarse de problemas más serios. Establece un círculo vicioso en tanto el uso del otro como apoyo es una devaluación de su propia condición personal y una agresión a su realidad psíquica, confirmándose como no viable sin ese otro ideal, inexistente por demás.
                                                                   
BIBLIOGRAFIA

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lunes, 11 de diciembre de 2017

El cuerpo: un lugar de lenguaje



Alicia Leisse de Lustgarten
 
En el enfoque de la  psicosomática en la infancia  que hoy nos ocupa,  he elegido un ángulo que no se limita a la psicopatología.  Me refiero al propósito de discurrir en torno al cuerpo, punto de partida de la articulación psíquica del sujeto en tanto significado como tal. La polémica que disputa el compromiso orgánico o psíquico para comprender las disfunciones que refieren a la clínica psicosomática se diluye en una lucha estéril.  Por un lado, desconoce la presencia simultánea de elementos corporales físicos y psicológicos,  por el otro, sacrifica la interdisciplina fundamental  para abordar el sufrimiento humano.

Un rápido recuento de lo que ha sido la trayectoria en este campo muestra diversas perspectivas para explicar el trastorno corporal que aquí nos ocupa.  La consideración circunscrita a factores hereditarios  que predisponen como desencadenante de la enfermedad obviando el compromiso emocional no se sostiene   y las investigaciones apuntarán a  una conflictiva psicodinámica en la entidad psicosomática. Sin embargo,  no se logró un soporte teórico suficiente que diera cuenta de que determinaba su naturaleza específica o que explicara   que llevaba a que un individuo se organizara como un ser psicosomático.  Posteriormente,  se producen hallazgos de gran importancia. Bajo la dirección de Marty, (1989) se crea un grupo de investigación y comienza el estudio de la psicosomática como disciplina científica. Definirán un cierto perfil de organización psíquica donde el pensamiento concreto, la falta de matices emocionales en los vínculos y la ausencia de tono vital acompañan una deficiente elaboración mental, condiciones todas que allanan el camino para la somatización. Las divergencias entre los que afirman la presencia de una simbolización particular que hay que develar y los que descartan tal posibilidad al tratarse de patologías que se gestan en épocas muy tempranas de la vida se mantiene. La pregunta por el sentido que tiene toda manifestación psicosomática sigue abierta pero  en lugar de la afirmación dualista psique-soma, el enfoque es desde una concepción monista.

Pertenecen a la clínica psicosomática las enfermedades físicas estructuradas con una dimensión real en la que intervienen factores psíquicos o conflictivos. La disposición hereditaria de tipo alérgico e inmunológico hace presencia, hecho siempre reconocido por el psicoanálisis, aún cuando su óptica se dirija a la preponderancia que tiene el medio en la constitución del sujeto basado en el vínculo del niño con su madre. La relación perturbada en este proceso da lugar a patologías diversas entre las que se encuentra la psicosomática. Ello da cuenta del papel que juegan las vicisitudes tempranas que dejarán marca  para toda la vida.

Viene al caso hacer una diferenciación muy somera en lo que refiere a los problemas neuróticos y la psicosomática. Los primeros recogen los conflictos que comprometen de manera diversa a una persona pudiendo alcanzar ciertas funciones del cuerpo. La zona afectada es el lugar donde se representará la escena conflictiva. Es el caso de una niña enurética que arrastra un problema de separación con la madre ante sus ausencias por períodos prolongados. El síntoma refiere a lo que busca ser simbolizado, la separación es pensada aunque cause pesar o sea inaceptable. La culpa, el sentimiento de exclusión, tener o no lo que se desea es lo que prevalece.

En la psicosomática, la disfunción remite también a un significado desconocido por el sujeto, pero el sentido tiene que ser buscado en otra parte. El terreno es preparado desde un comienzo cuando se organiza la función corporal. Las vías respiratorias, pongamos por caso, pueden ser el punto de partida de una alteración que se gesta en un intercambio temprano cargado de privación. Se da más en relaciones  que refieren a la necesidad cuando se inscriben las primeras vivencias. 

En este orden de ideas me ha interesado en particular la perspectiva del cuerpo como lenguaje. La organización inicial llamada muy acertadamente narcisismo fundamental  por Dolto (1986),  es un soporte indispensable del sujeto humano que refiere a la constitución de la noción de sí mismo y del otro, al sentido de ser, de tener cohesión, de acceder a la descarga, de poder representar, de decodificar progresivamente las señales, de simbolizar. Se trata de un largo camino de adquisiciones que comienzan con un cuerpo y que como bien señala McDougall (1989), refiere a “un cuerpo y una psíque para dos personas”, en tanto no hay y no habrá por un tiempo diferenciación entre el bebé y la madre. Es un período de dependencia absoluta en el que la relación es a través del cuerpo, lugar en el que se darán experiencias del orden de la vida psíquica.  La comunicación corporal es directa, preverbal, presimbólica, difícil de traducir en palabras.

La madre provee a su bebé y esas provisiones son fundamentales para la vida biológica y psíquica.  Las privaciones a las que es sometido pueden traducir vivencias afectivas y mentales que sobrepasan las defensas incipientes con las que cuenta.  Para enfrentarlas responde con lo único que tiene a mano, con su cuerpo, respuesta que recoge un lenguaje no de palabra sino de acción.  La modificación funcional aparece pudiendo generar un trastorno orgánico pero es además una manera fija y desviada de comunicación.  Así la pequeña habitualmente descuidada, olvidada en la cuna o en el corral modifica la respuesta de la madre en tanto el ataque recurrente de asma obliga a cuidados especiales, a la presencia diligente.  Es como si el vínculo se produjera en la enfermedad, fuera de ella la niña no es pensada, queda ausente.

La enfermedad somática implica una comunicación virtual de orden no verbal.  La falla materna puede reforzar la dependencia psicológica en la búsqueda de una presencia obligada por la necesidad. Muy lejos ha quedado en este intercambio la  “libidinización” o erotización del cuerpo, entendiendo por tal, la introducción de referencias, de nombre, de proyectos que hacen del cuerpo un lugar de deseo y un lugar de placer.

Desde el ángulo de la psicosomática infantil, el acento que pongo en el lenguaje del cuerpo advierte que nos encontramos frente a un sujeto en pleno desarrollo temprano, vulnerable y fácil presa de los efectos de una deficiente interrelación con sus objetos, pero a la vez en proceso de sucesivas significaciones que darán un curso particular de ratificación patológica o de rectificación de las experiencias.  Esto marca una diferencia relevante con respecto al adulto, que aunque susceptible de cambio, muestra una mayor definición estructural.

Volvamos ahora al escenario de la relación madre-hijo.  Introduzco aquí conceptos de Dolto, (1990) con los cuales coincido y que pueden clarificar algunas ideas pertinentes a nuestra línea de exposición.  El esquema corporal refiere a la presencia anatómica natural común a todos los seres humanos.  Es el cuerpo actual en la experiencia inmediata que aún cuando puede desarrollarse hasta en condiciones de desamparo afectivo, recogerá los efectos de lo que sucede en el vínculo con la madre como heridas en su propio organismo.  El intercambio entre ambos, durante un largo tiempo, ocurrirá en este terreno.  La imagen del cuerpo que se irá articulando en la relación sujeto a sujeto depende siempre de un encuentro afectivo, y es  el enunciado materno quien  introducirá la noción de cuerpo y de sujeto.  La palabra es la vía por la que el pequeño ser comenzará el registro de oírse y reconocerse como sujeto y ello sostiene la función simbólica, fundamento de la vida psíquica como modo de representación. En sentido amplio, es hacer presencia, figurar, registrar, distinguir.  La imagen del cuerpo se construye en la historia misma del sujeto y le permite experimentarse en un ser él mismo, en una continuidad espacio-tiempo.  Si la representación está perturbada da lugar a desordenes fisiológicos. De igual manera, si el recorrido natural que sigue el bebé no es significado con la palabra, se producen fallas, el cuerpo existe solamente como lugar de necesidad.

Es muy frecuente que la angustia por la disfunción somática sea todo lo que puede ser reconocido por el entorno del niño. Al no ser recogido lo que hablan los síntomas, se lo ve únicamente como un cuerpo. Es más que habitual  que un cuadro orgánico se escuche como baja de defensas de origen viral o bacterial, por citar un ejemplo. La certeza del diagnóstico ignora, sin embargo, las circunstancias afectivas por las que atraviesa el niño, el regreso de la madre al trabajo, el destete, o un nuevo embarazo. Es como si se excluyera de su mundo la respuesta emocional y en esa medida es negado como sujeto, como si se tratara  de un ser sin existencia psíquica.  Nos aclara Dejours, (1992) que cuando ocurre una vivencia que el bebé no puede ni descodificar, ni contrarrestar, y que nadie lo hace por él, se produce un hecho de violencia que se traduce en una somatización. Son acontecimientos que sobrecargan su capacidad de tolerancia habitual. La enfermedad se hace necesaria. Representaciones no reconocidas cargadas de excitaciones displacenteras, ahogadas en su expresión, precipitan el camino para el desorden psicosomático.

Los afectos dolorosos o excitantes han sido ignorados por un otro que no da cuenta de ello, lo que hace efecto como peligro de abandono, de vacío, de aniquilación. Toda prueba difícil es una experiencia de supervivencia del cuerpo y es como si el recurso para asimilarla fuera el psiquismo.  Allí es donde la palabra de ese otro materno viene en auxilio para decir lo que el cuerpo trata de expresar.  El lenguaje lleva al cuerpo a ser imaginarizado, es la vía que se abre a la vida psíquica, lugar  de intercambio de sujeto a sujeto, donde se hilvanan las experiencias emocionales, lugar de goce, lugar de deseo.  El bebé se hace sujeto accediendo a esa vida psíquica.  Es así como se vale de partes del cuerpo, las usa con cierta independencia de su destino original.  Dejours, (1992) lo entiende  como subversión, término que da cuenta de que manera ciertas zonas son arrancadas de sus dueños originales paro una nueva función, del orden fisiológico  de satisfacción de la necesidad al orden psíquico  de  consecución  del  placer.  Son clásicos los ejemplos del bebé que se queda prendido del pecho de la madre por el mero  disfrute que le aporta, o el niño que juega a retener o expeler sus heces cuando y donde mejor le parezca con satisfacciones que rebasan la  evacuación como tal.  Todo ello da cuenta  de la cohesión sujeto-imagen del cuerpo-esquema corporal. 

Veamos un poco más de cerca cómo se significa el cuerpo en la dimensión psicosomática. Lo que hemos considerado hasta ahora permite afirmar que el lenguaje “transita” por todo el cuerpo, afirmación ésta de gran importancia porque trae a primer plano la marca de los padres en la organización psíquica del niño. Como el lenguaje, tampoco el pensamiento ni la representación se localizan en el cerebro, circula, por así decirlo. Si bien la situación triangular conformada por los padres y el niño ya existe, la madre marca su carácter de objeto indispensable  en tanto se identifica con el bebé, lo reconoce en su cuerpo y le va otorgando sucesivamente palabras, nombrando sus estados emocionales, significando las experiencias, modelando la posibilidad de pensar. El encuentro de una madre con su hijo no puede sostenerse en la sola atención al cuerpo fisiológico. Que ponga palabras, tonalidades, ritmo, modulación aporta la noción de una presencia viva, estimulante, gestadora de la existencia de un sujeto psíquico. El lazo cuerpo- psique es un entretejido que la madre construye a partir de los hilos de los que dispone el niño; mucho más adelante él podrá proseguirlo por su cuenta. Las imágenes que extrae de la experiencia corporal recogen sensaciones placenteras que consolidan la imagen del cuerpo.

A menudo se señala el escaso papel que cumple el padre en la primera infancia, negándose de esta manera su presencia en la escena triádica, el  mundo aparte que forma con la madre. Algunos dicen que para el pequeño está detrás o como afirma Dejours, (1992), el bebé se relaciona con la madre y con la amante del padre, lo que quiere decir que el deseo de ésta,  no está puesto en el bebé en tanto deseo sexual dirigido al padre. Es como si éste le quitara las cargas excesivas que aquella pone en el pequeño, importando las relaciones que hay entre ellos, que lugar le dan y que gratificaciones ocurren. Pero la imago paterna puede estar deteriorada o ausente porque ha desempeñado un mínimo papel en la vida conyugal y mínimo también como ordenador y referente en la vida mental de su hijo. La madre sin un otro igual a quien desear puede representar un vacío ilimitado, o la falsa promesa de una felicidad total, o la amenaza de muerte física o psíquica.

No me detengo aquí a abundar en el mecanismo por el cual el niño introyecta los objetos y las vivencias asociadas a ellos. Quiero dejar en claro, sin embargo, que se registra tanto la experiencia satisfactoria como la deprivadora. Sus efectos, que comprometen el proceso mismo de la internalización y lo internalizado, hacen presencia en la identidad temprana constituida a partir de su cuerpo.

Al otorgar sentido a la respuesta corporal del niño, la palabra enunciadora tiene un gran poder corriendo el peligro de imponer las propias emociones. El desconocimiento del estado afectivo  obtura la vía por la que pueda abrirse un espacio psíquico. Cuando una madre desconoce  las señales no verbales de su bebé lo trata de acuerdo a sus propias necesidades, imponiéndole algo ajeno y privándolo de lo que él demanda. Esto hace efecto en síntomas en el cuerpo que pueden ser una respuesta directa; o peor aún, renuncia a emitir tales señales primitivas impidiendo, de esta manera, que se transformen en representaciones. Había referido anteriormente como esto repercute en dificultades para simbolizar lo que tempranamente parte del cuerpo. La alteración en el cuerpo psicosomático muestra  como si la palabra nunca hubiera tenido acceso al sujeto, como si hubiera estado ausente. Se produce un modo radical de borrar la angustia. Ello nos permite comprender porque  falta el ingrediente emocional, como que hubiera  quedado impedido de manera radical. Es la bandera de la no emoción porque en la emoción está el peligro. Cuántas veces no escuchamos decir “me hace daño sentir, me sube la tensión, prefiero que me duela el estómago”.  Los síntomas físicos molestan pero no comportan el tormento emocional del sufrimiento psíquico.  El padecimiento acude como salvador.

El tránsito que lleva al niño de la dependencia absoluta a la separación incipiente, comporta una vulnerabilidad relevante a la falla materna lo que puede revertirse en una dependencia patológica y llevar a la enfermedad psicosomática.  La falla refiere no sólo a la privación sino a la detención o apuro del proceso de desprendimiento. Este tiende a ser  malentendido por el niño  vivenciándolo  como peligroso mientras que la ilusión fusional luce como  un arco iris siempre anhelado.  El proceso se complica con la presencia de la agresión contra el objeto que frustra, porque al tratarse de momentos lábiles en la diferenciación hijo - madre los desencuentros se toleran mal. La frustración conlleva un ataque que al estar dirigido a la imagen ligada al objeto se traduce en el propio cuerpo. Es así como destruir al otro es destruirse a sí mismo porque objeto y zona del cuerpo  es inseparable.

Paso ahora a ilustrar con un material clínico algunas ideas que he venido hilvanando. Carolina, paciente a la que atendí durante tres años, tenía ocho cuando comencé a verla. Me llamó la atención su nombre. Omitido aquí por razones evidentes, aludía a una causa revolucionaria, hecho relacionado con la actividad política del padre. 

La trajeron unos tíos, lo que definió desde un principio que la niña tenía dos hogares, el de sus padres y el de sus abuelos.  Los choques entre ambos grupos familiares eran notorios por la divergencia en todo la que a la paciente se refería.  Esta situación, aunada a la intensificación de las crísis asmáticas que habían comenzado años atrás, decidió a la familia a buscarle ayuda psicoterapéutica. El maltrato físico y la violencia sexual fue una constante en su vida.  Obligada a entrar en escenas triangulares invasoras, por la agresión y la exhibición sexual, Carolina creció en un escenario en el que era desconocida en su realidad infantil e individual.  Nombre, tiempo, afecto, espacio, faltaron de manera tan dramática, que a pesar del rescate salvador que suponía el esfuerzo sostenido de sus tíos para suplirle lo no tenía con sus padres, no escapó a la división tan marcada que le plantearon ambos medios.

Carolina se presenta con distancia y un trato frío, racional, llamativo en una niña de 8 años.  Su discurso  bien construido muestra una comprensión lógica hacia todo  lo que tenga que ver con sus padres.  La madre expresa un franco rechazo por la niña hecho que la paciente disculpa afirmando: “pobrecita, está cansada, trabaja mucho, mi papá no la trata bien”.   Disfraza el malestar que le produce la abierta predilección que aquella muestra por el hijo varón, 4 años menor, adoptando ella misma actitudes maternales.  Lo cuida, lo viste, le da de comer, para que mamá encuentre todo en orden. En la noche es distinto.  Diariamente se va a la cama de los padres, no importa lo que le depare estar allí; pegada a ellos, no existe el abandono.  Expuesta a la intimidad de la pareja bloquea su fantasía para construir una elaboración propia.  Está demasiado tomada por un real ajeno.  En el día están sus tíos, los que la miman, los que la atienden, pero también los que le recuerdan lo que ella quiere borrar.  Y así lo que ellos le dan es recibido con un aire fríamente despectivo. Ahhh!, se preocupan tanto, ni que me fuera a pasar algo, pero ellos son así".  Cuando las peleas de los padres cesan la paciente se enferma; muchas de sus crisis asmáticas las superará hospitalizada.  Carolina prefiere inventar un escenario invariable en el que la madre es cariñosa con ella, las relaciones entre sus padres mejoran, papá es bueno pero no viene a la casa porque no tiene tiempo, mamá es buena  pero está muy ocupada. Si la tonalidad emocional varía porque está muy sobrecargada y se descontrola, Carolina se cuidará de reponerse, restando importancia a lo que pudo haber dicho. Todo es normal, de allí en adelante porta su escudo habitual.  

La historia de tanto maltrato contrasta con la apariencia de la niña.  El retrato que ella muestra durante un buen tiempo,  en  su  trabajo  conmigo,  deja  fuera  todo  rastro  de  temor, derrota  o tristeza.  Agradable y segura, sostenida por su verbo bien construido y su inteligencia rápida, Carolina es lejana, arrogante, sobrada diría la jerga popular.  Competitiva y solitaria es rechazada por sus compañeros de clase ante la postura dictatorial y maltratadora que adopta hacia los otros niños.  Tiene problemas en su identidad infantil, en su identidad de niña, disfrazándose con poses de mujer.   Los afectos son ignorados, lo que más aparece es su rabia, aunque está negada como si no la sintiera.  La hendidura por donde se afloja la paciente es su actitud hacia la madre.  Idealizadora de un vínculo de amor presente entre ambas, pretende una escena inexistente que parece actuar en la recurrencia asmática como una vía para aferrarse a una esperanza sin palabras.

En el trabajo psicoterapéutico, Carolina se comunicaba de tal manera que me hacía sentir que estaba frente a una adulta chiquita.  Rechazaba la actividad lúdica, eligiendo juegos estructurados que garantizaran una relación no comprometida.  La competencia sustituía la asociación y la ocurrencia.  Tiempo después comenzaría a dibujar, limitándose a describir escuetamente lo dibujado sin hilvanar trama alguna.  Si la invitaba a que me dijera de que se trataba, se ponía en guardia llamándome “preguntona” y cambiando la actividad.  Ello me advertía del cuidado que debía tener para acceder a su mundo tan amurallado. Progresiva pero lentamente la paciente empezó a mostrar movimiento y evolución en la representación gráfica.  Los dibujos de trazos cuidados y formales daban paso a un colorido más intenso hasta que coparon su producción.  La intensidad y el espacio lleno se acompañaban de figuras si se quiere más infantiles, como accediendo más a lo que ella era.  Recortando relojes con formas de payaso, barquitos de papel, Carolina se iba soltando.  Más tarde empezaría a hablar, a dialogar conmigo.  Era capaz de referirse a las dificultades que se le presentaban con otros niños.  Intentaría admitir que sus padres tenían problemas o plantearía sus dudas acerca de lo que le pasaba a su madre con ella. A pesar del trastorno psicosomático la paciente fue mostrando una abertura por la cual podía ser hablada y por la cual encontrar el sentido del sufrimiento.  Era posible recuperar un mundo de representación, o quizá otorgarlo en el marco del intercambio terapéutico.  Me pregunto si al tratarse de una niña que todavía estaba significando experiencias, las posibilidades de rescate fueron más favorables.  Lo cierto es que el asma remitió y Carolina pudo ser más la niña sufriente que retenía en su cuerpo.

Cerramos así el proceso que habíamos iniciado un tiempo atrás.  No es que no tuviera conflictos, por el contrario su mejoría se trataba de que ahora sí los tenía; pero para ese momento lo más indicado era que Carolina desplegara sus propios recursos para enfrentarlos.

Las  investigaciones  sostenidas   en  lo   que a  asma  se  refiere, confirman que la confluencia de la presencia orgánica junto a intensas fallas afectivas y carencias tempranas, hacen efecto de agresiones psíquicas que llevarán a que el alergeno y el stress actúen en forma combinada.  Carolina se derrumba en el ataque asmático descargando lo insostenible, la supuesta inmunidad a la violencia, al desamor, al abandono y allí devela lo que intenta disociar. 

No puedo afirmar que todo desorden psicosomático recoja de manera inequívoca una avalancha traumática y conflictiva como la que presenta este caso, pero si quiero subrayar que las fallas que suceden en el vínculo temprano, pueden cristalizarse en el cuerpo.

Referencias:
 
Dejours, Ch. (1992): Investigaciones psicoanalíticas sobre el cuerpo, México, Siglo veintiuno, 1992.
Doltó, F. (1986): La imagen inconsciente del cuerpo, Barcelona, Paidós, 1990.
Marty, P. (1992): La psicosomática del adulto, Buenos Aires, Amorrortu, 1992.
McDougall, J. (1989): Teatros del cuerpo, Madrid, Julián Yébenes, 1989.